España imperial vs EEUU, comparacion historica II.

Comparando la España imperial con los EE.UU.: Una historia de dos Historias (Parte III) [1]

Respondiendo al artículo titulado ‘Yesterday’s Spain, Today’s America’ (‘La España de ayer, la América [EE.UU.] de hoy’), escrito por el señor James P. Pinkerton, autor y analista político que participa con regularidad como panelista en el programa Fox News Watch del canal de televisión Fox News, es menester contrarrestar el argumento hecho por el ex miembro de planteles presidenciales de la Casa Blanca de que España es un ejemplo de que el poseer “riqueza nacional no es lo mismo que [gozar de] bienestar nacional”. Se considera que es importante y esencial rebatir tanto este argumento como aquellos otros que atacan a la España imperial, pintándola como inferior, ineficaz, sanguinaria, cruel y decadente, para conjurar la falta de conocimiento histórico y los prejuicios antiespañoles con la verdad histórica. Esto es importante, no solo para relatar la historia como realmente sucedió —en base a los hechos históricos y no en base a una imaginación prejuiciada— pero también para defender la herencia hispánica, la historia y la identidad cultural de nosotros los hispanoamericanos, forjados para bien y para mal por la Madre Patria España y por nuestros antepasados de la península Ibérica, que al venir al Nuevo Mundo nos dieron nuestros apellidos españoles y nuestra existencia. Y es que al resaltar la verdad histórica, contrarrestamos y rebatimos a aquellos estadounidenses angloamericanos que poseen una imagen negativa de los hispanoamericanos —pintados de la misma forma como mencioné arriba— y que por sus prejuicios antihispánicos —herencia de sus prejuicios antiespañoles— ahora tienden a perseguir a los inmigrantes indocumentados, esencialmente por ser estos en su inmensa mayoría hispanoamericanos, además de ser en su mayoría católicos.

España invirtió sus recursos para promover el bienestar nacional durante su época de apogeo y territorios ultramarinos. Por ejemplo, en tiempos del rey Felipe II en la segunda mitad del siglo XVI se construyó en la ciudad de Valladolid —donde nació el monarca— por orden suya un sistema de suministro de agua potable a base de cañerías, arcas de captación que eran depósitos de agua y fuentes de agua públicas. Esta obra se realizó para prevenir nuevas epidemias que habrían podido surgir al consumirse las aguas contaminadas del río Pisuerga. Con el nuevo sistema de suministro de agua se proporcionaba agua potable a la creciente población de Valladolid, siendo dicho sistema obra del arquitecto e ingeniero Juan de Herrera. Esta obra se realizó en mampostería y hormigón de cal y con una longitud de 6,535 metros fue un gran logro de ingeniería para su tiempo. Bajo Juan de Herrera, quien rediseñó y dirigió la construcción del palacio Monasterio de San Lorenzo de El Escorial y creó el estilo arquitectónico que lleva su nombre —herreriano— la obra de abastecimiento de agua potable a Valladolid se inicia en 1586 y se termina en 1622.

Palacio Monasterio de San Lorenzo de El Escorial por Juan de Herrera, siglo XVI:

Otro ejemplo de obra pública para el bien común fue el llamado Artificio de Juanelo, máquina hidráulica diseñada por el italiano Juanelo Turriano y que construida en tiempos de Felipe II para subir agua del río Tajo a la ciudad de Toledo y que ya funcionaba en 1568. Otras obras dignas de mención son acueductos para suministro de agua potable o de regadío construidos tanto en España como en la América española en los siglos XVI, XVII y XVIII. Algunos ejemplos son: el acueducto de Plasencia en España, obra del siglo XVI de Juan de Flandes destinada a llevar agua potable a la ciudad; el acueducto de Los Arcos de Calanda, del siglo XVII y construido para llevar agua de riego para la agricultura, considerada una de las obras de arquitectura hidráulica de mayor importancia de la provincia aragonesa de Teruel en España; el acueducto de Querétaro en México, obra monumental construida en el siglo XVIII (1726-1738) con 74 arcos con una altura media de unos 23 metros y una extensión de 1.300 metros, obra construida para dotar de agua potable a la ciudad y el acueducto del Padre Tembleque, considerado el exponente de arquitectura hidráulica más importante de las construcciones hechas en América en el siglo XVI —considerada también una de las construcciones de su tipo más importantes del mundo— y que se estima se construyó entre 1545 (época de Carlos I) y 1562 (época de Felipe II). Este acueducto fue diseñado y su construcción dirigida por el toledano fray Francisco de Tembleque, y la obra tiene 42 km de largo, con areneros a modo de filtros de agua, siendo casi el 95% de su tramo bajo tierra, poseyendo la parte en la superficie y en el tramo de la Barranca de Tepeyahualco 66 arcos con una altura de hasta 38,75 metros y una longitud de unos 900 metros. Con la construcción del acueducto se suministró agua potable de manantial a las poblaciones indígenas de Otumba y Zempoala.

Acueducto del Padre Tembleque, México, siglo XVI:

En cuanto a promover el bien común, los españoles fundaron y construyeron ciudades y poblaciones en América con un trazado urbano de cuadrícula (trazado visto en ciudades tan tempranas como Santo Domingo o San Juan de Puerto Rico), con calles de trazado recto, poseyendo plaza mayor, catedral o iglesia mayor y municipio o cabildo, cuyos miembros eran elegidos entre los vecinos y cuyos alcaldes o jueces ordinarios, renovados en su puesto cada año, ejercían jurisdicción civil y criminal. Cabe añadir que las posesiones españolas en América no eran colonias en lo jurídico sino extensiones de la corona de Castilla y León, gozando las Indias de “igualdad jurídica” con Castilla de acuerdo al historiador Ciriaco Pérez-Bustamante. Por ello la colonización de América fue como un traslado a las Indias de las instituciones políticas, jurídicas y religiosas que había en España, hablándose de las “Españas” al referirse a los reinos y provincias españolas en América. En este sentido, la labor colonizadora de España en las Indias tiene su eco en la labor colonizadora romana en Europa, Norte de África y Asia, donde se extendió una población colonizadora latina, extendiendo Roma sus instituciones políticas, jurídicas, su religión, su cultura, civilización y lengua y su sangre a las poblaciones nativas de su imperio, como hizo España en sus dominios. España contribuyó al bien común de todas las poblaciones americanas en sus dominios al introducir animales domésticos como el ganado vacuno, las ovejas, los caballos, los burros, cabras y gallinas, cultivos como los del trigo, el arroz, el ajo, el almendro, los olivos, las naranjas y limones, las uvas, hortalizas y legumbres y la caña de azúcar.

Se introdujeron industrias como la de la seda en México en el siglo XVI, promovida por el virrey don Antonio de Mendoza, que llegó a un acuerdo comercial con Martín Cortés (hijo del conquistador Hernán Cortés), quien acordó plantar 10.000 moreras (de cuyas hojas se alimenta el gusano de seda) y desarrollar los tejidos de seda por un periodo de 15 años, siendo por este convenio Martín Cortés socio del rey de España. En el siglo XVI se introdujo la industria de los paños de lana en la actual sierra ecuatoriana, utilizándose la maestría en el trabajo de telas de los indios locales que usaban ya la lana de oveja, exportándose sus tejidos hasta el norte de la actual Argentina. Industrias navales como los ya mencionados astilleros de Guayaquil, que empezaron a operar en el siglo XVI, desarrollaron una industria local y regional de jarcias y cabos hechos de cabuya para los barcos, obteniéndose la brea para calafatear los cascos de los barcos y hacerlos impermeables de pozos naturales de brea en la actual provincia de Santa Elena, en la costa ecuatoriana, siendo las velas de las naves producidas de lonas hechas en Chachapoyas en el Perú, siendo estas industrias importantes fuentes de trabajo e ingresos para las economías locales en su tiempo.

Y ya que se habla tanto ahora de los recortes presupuestarios de defensa en EE.UU. y cómo eso puede afectar la seguridad de los norteamericanos, la Corona española gastó millones durante los siglos XVI, XVII y XVIII para fortificar sus ciudades para no solo mantener su posesión sobre ellas sino también para proteger la propiedad privada y las vidas de sus habitantes ante la amenaza constante de enemigos como los ingleses, holandeses y franceses, que por lo general atacaban poblaciones españolas para saquearlas de todo lo que tuviese valor, destruyéndolas de paso, siendo los piratas y corsarios de esas naciones —los terroristas de entonces— aficionados también a matar civiles, a torturarlos para que confesasen donde tenían dinero y joyas escondidas y a violar a las mujeres en el proceso. Para garantizar la seguridad de sus habitantes y sus propiedades se construyeron las obras de fortificación de San Juan de Puerto Rico, de Cartagena de Indias, en la actual Colombia, de La Habana y Santiago de Cuba, de Campeche, Mérida y Veracruz en México, de Puerto Cabello en Venezuela, de Portobelo en Panamá, de El Callao en Perú, de Manila en las Filipinas, etc.

Castillo de San Felipe del Morro, San Juan de Puerto Rico:

También se construyeron hospitales tanto en España como en las Indias para cuidado no solo de los enfermos sino también de los huérfanos, los mendigos y los desamparados, cumpliendo con importantes labores sanitarias y sociales. Un ejemplo es el hospital de Jesús Nazareno en Ciudad de México, fundado en 1524 por Hernán Cortes, cuyos restos se hallan enterrados en la iglesia del hospital. Y este autor nació en el hospital Auxilio Mutuo, fundado en Puerto Rico por los españoles en 1883.

Ya en el siglo XVIII para el bien común se establecen en España los ‘Pósitos’ en 5.000 localidades para el almacenamiento de trigo en graneros públicos y su venta, y para garantizar que hubiese suficientes granos para la siembra. Se instituyen también los montes de piedad para proporcionar préstamos agrícolas, los montepíos, para ayudar económicamente a las viudas y huérfanos de militares españoles, asilos, hospitales y otras entidades de beneficencia, sin olvidarnos del papel que la Iglesia jugó en este sentido durante los siglos mencionados. Hay que mencionar también que para promover la industria, la Corona española en el siglo XVIII estableció fábricas modelo con maestros y obreros extranjeros que sirviesen de escuelas de aprendizaje para los fabricantes nacionales en España, como las fábricas de paños de Guadalajara, la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara en Madrid, la fábrica de sedas de Talavera, la Real Fábrica de porcelanas del Buen Retiro en Madrid, la Real Fábrica de Cristales de La Granja de San Ildefonso en Segovia, la fábrica de algodones de Ávila, etc. Y como una nota adicional, los españoles construyeron en el siglo XIX faros en la costas de Puerto Rico como los de Fajardo, Maunabo o el del Castillo de San Felipe del Morro en la ciudad de San Juan para ayudar a la navegación costanera. España también construyó en el siglo XIX una extensa red de carreteras pavimentadas en Puerto Rico, levantando numerosos puentes incluyendo puentes de hierro y el primer puente colgante de las Antillas, habiendo también iniciado el proyecto de construir una línea de ferrocarril que diese la vuelta a la Isla antes de la invasión estadounidense y el cambio de soberanía en 1898. Según la Autoridad de Carreteras y Transportación de Puerto Rico, la isla tenía ese año 267,4 km de carreteras pavimentadas de importancia y 49 puentes hechos de fábrica o de metal de más de diez metros de largo. Para 1898 tanto Cuba como Puerto Rico eran provincias españolas de ultramar, teniendo ambas mayor autonomía política aquel año que lo que ahora Puerto Rico tiene como territorio de EE.UU. ¿Que España no se ocupaba del bienestar nacional de sus ciudadanos?

Ahora veamos la preocupación por la riqueza material y por el bienestar nacional por parte de otros. Durante el apogeo de la Revolución Industrial en el siglo XIX los empresarios ingleses dueños de fábricas y minas inspirados por la doctrina económica liberal del ‘laissez-faire’, que promovía el afán de lucro como motor de las actividades económicas para lograr un máximo de ganancias con la menor intervención del Estado posible en la vida económica del país, explotaban a sus trabajadores con largas horas de trabajo en pésimas condiciones y con bajísimos salarios de subsistencia. Se logró un gran progreso económico y tecnológico sin duda, pero a un alto costo humano, llevando a Karl Marx a escribir ‘El capital’ como respuesta al sistema económico capitalista y sus abusos en la Gran Bretaña. Los seguidores del ‘laissez-faire’ británicos, debido a su manera de ver el mundo de no gastar en aquello que no dejase ganancia alguna sino más bien crease gastos y pérdidas económicas, se opusieron desde el sector privado y el Gobierno británico a dar ayuda humanitaria a la población de Irlanda durante la gran hambruna que padeció provocada por la epidemia que destruyó la cosecha de la papa, alimento que era para muchos el único medio de alimentación y subsistencia. Incluso el fundador del periódico ‘The Economist’ llegó a decir sobre la hambruna irlandesa y el hecho que la gente se moría de hambre, que no le correspondía a un hombre el proveer de alimentos a otro (esto me recuerda cómo hace media década oí en Washington DC a un seguidor y promotor del neoliberalismo económico, la última versión del liberalismo económico del ‘laissez-faire’, que la salud de las personas no era un derecho, al oponerse a la idea de un plan de salud universal para aquellos que no tendrían dinero para pagar un seguro médico. Y así entre 1845 y 1852, en parte estimulada por la inacción del Gobierno británico influenciado por el ‘laissez-faire’ o por la poca reacción a la hambruna debido a prejuicios —un alto funcionario inglés protestante encargado de suministrar la ayuda limitó su suministro a los damnificados católicos porque “el juicio de Dios envió la calamidad para ensenarle a los irlandeses una lección”— hasta un millón quinientos mil irlandeses murieron de hambre y hasta dos millones se vieron forzados a salir de su patria. Y todo esto ocurrió durante el apogeo del poderío económico e industrial británico. ¡Esto nunca ocurrió bajo España en sus dominios!

O miremos ahora las acciones de los grandes empresarios industriales en los EE.UU. en el siglo XIX, tras la guerra civil de 1861-1865. Por ejemplo, en 1889 ocurrió la inundación que destruyó buena parte del pueblo de Johnstown en Pensilvania. La tragedia se debió a que una represa que contenía un lago artificial se abrió como resultado de fuertes lluvias y la subida del nivel del lago, destruyendo el gran torrente de las aguas del lago 1.600 casas y matando a 2.209 personas, una de las mayores tragedias de EE.UU. antes de los atentados del once de septiembre de 2001. La cuestión es que la represa colapsó por haber sido debilitada por las irresponsables obras que se hicieron en beneficio de un club exclusivo para altos empresarios y ejecutivos asociados a la empresa siderúrgica Carnegie Steel, que iban junto al lago para entretenerse. Y Andrew Carnegie, el fundador de Carnegie Steel, impuso para aumentar sus ganancias al máximo condiciones infrahumanas a sus trabajadores en su instalación de producción de acero modelo de Homestead, Pensilvania, con jornadas de doce horas de trabajo seis días a la semana y salarios miserables. Como resultado en 1892 los obreros de Homestead se fueron a la huelga y se encerraron en la fábrica. La empresa envió a guardias de seguridad armados para entrar en las instalaciones del acero por la fuerza. En los tiroteos murieron nueve con once heridos del lado de los trabajadores, sufriendo los guardias privados siete muertos y doce heridos. Y el magnate financiero J.P. Morgan introdujo el método de la ‘morganización’, que era para aumentar las ganancias al máximo el reducir el número de trabajadores echándolos a la calle y haciendo que los que quedasen trabajasen por aquellos que perdieron su trabajo, pagándoles menos. Este método fue adoptado por Andrew Carnegie y por el magnate del petróleo John D. Rockefeller. Sí, hubo mucho progreso en los EE.UU. con la expansión de los ferrocarriles, del uso del acero para la construcción gracias a Carnegie, de la extensión del uso del queroseno en la iluminación y después del uso de la gasolina gracias a Rockefeller, del uso de la electricidad gracias a J.P. Morgan, pero a un alto precio humano. Mucho progreso lograron, friendo en el proceso salchichas para el diablo. Incluso, Carnegie, J.P. Morgan y Rockefeller financiaron la campaña política y la elección del presidente republicano William McKinley en 1896, para derrotar al demócrata William Jennings Bryan, quien quería traer ante la justicia a dichos empresarios por sus métodos monopolísticos, abusivos e intimidatorios. Claro está, ganó McKinley y Carnegie, Rockefeller y J.P. Morgan siguieron actuando como si nada.

Quiero añadir, que las elecciones estadounidenses pasadas de noviembre de 2012 tenían igualmente a un candidato a la presidencia republicano, Mitt Romney, financiado generosamente al parecer por empresarios de Wall Street y probablemente por magnates empresariales que incluirían a extranjeros, quizás alguno de ellos dueño de intereses en la prensa y televisión, caso que recuerda al de McKinley. La diferencia es que aún con todo el dinero que recibió, Romney (quien seguía una campaña contra los inmigrantes indocumentados, en su mayoría hispanoamericanos) fue derrotado, siendo derrotados también los intereses económicos detrás de él en un país en que el 0,5% de la población controla el 20% de la riqueza y donde hay 20 millones desempleados o sin trabajo a tiempo completo (diciéndose también que el número real de adultos desempleados en EE.UU. es de 82 millones). Y esta derrota, me enorgullece decirlo, se debió en parte gracias al voto hispanoamericano. El que ríe último, ríe mejor.

Comparando la España imperial con EE.UU.: Una historia de dos Historias (Parte IV) [2]

Nuevamente en respuesta al artículo titulado ‘Yesterday’s Spain, Today’s America’ (‘La España de ayer, la América [EE.UU.] de hoy’) por el señor James P. Pinkerton, autor y analista político angloamericano conservador estadounidense, vamos a comentar otros argumentos que el comentarista de Fox News ha hecho con respecto a sus alegados errores históricos de España y los españoles.

Pinkerton alega que los siglos XV al XVII fueron “los años de gloria de riqueza y poder españoles” y añade que en los museos españoles se ven “pocas pinturas por no españoles de siglos más recientes” y que esto indicaría que ya no había dinero en España para comprar obras de arte extranjeras, como en los siglos mencionados arriba. Deseo en este sentido aclarar que parece omitirse el siglo XVIII, siglo de recuperación económica, de continuo flujo de oro y plata americanas, en el que los reyes Borbones españoles encargaron pinturas a artistas extranjeros de renombre como el italiano Corrado Giaquinto, el francés de ascendencia flamenca Louis-Michel van Loo, los italianos Jacopo Amigoni y Juan Bautista Tiépolo, el alemán Antón Rafael Mengs o el francés Jean Ranc. Y debe añadirse que no haría falta buscar artistas de fuera con las obras del gran pintor español Francisco de Goya y Lucientes de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX. Había dinero para invertir en arte en el siglo XVIII y ejemplos son la construcción del nuevo Palacio Real de Madrid, del Palacio Real de La Granja de San Ildefonso, del Palacio Real de Riofrío, la ampliación y terminación de la construcción del Palacio Real de Aranjuez o la remodelación y ampliación del Palacio Real de El Pardo.

Palacio Real de Madrid, en cuyo diseño y construcción participaron tres arquitectos italianos:

El comentarista de Fox News sostiene que por las pinturas holandesas y flamencas del siglo XVII que vio en los museos madrileños del Prado y Thyssen-Bornemisza, “muchas de las calles y plazas de la ciudad estaban pavimentadas [en Holanda y Flandes]; aquéllas en España no lo estaban”. Ante esto me basta citar la obra del gran historiador Francisco Morales Padrón, de la Universidad de Sevilla, ‘Historia de Sevilla. La ciudad del Quinientos. Volumen III’, en la que revela en la página 36 que la ciudad de Sevilla tenía suelo de ladrillo y que en tiempos de los Reyes Católicos había un inspector que examinaba el que el enladrillado de las calles sevillanas estuviese en óptimas condiciones, pues si no lo estaban, el Cabildo pagaba por las reparaciones del enladrillado y después le pasaba la factura al vecindario. Pero las ciudades españolas de la Península Ibérica de los siglos XV al XVIII no eran las únicas pavimentadas. Como ejemplo, se habla que tras el saqueo por el pirata británico Henry Morgan de la ciudad panameña de Portobelo en 1668, los piratas se llevaron todo excepto las “tejas y piedras del empedrado” de las calles de la “desafortunada ciudad”. Otro ejemplo era Ciudad de México, que desde ya el siglo XVI tenía calles empedradas. Y yendo más atrás, antes de la conquista romana de la Península Ibérica ésta tenía ciudades y poblaciones con calles pavimentadas. Así dice el historiador Ciriaco Pérez-Bustamante de la población ibérica hallada en el pueblo de Azaila, en la provincia aragonesa de Teruel, “que era una verdadera ciudad” que tenía “calles enlosadas, [y] aceras”. La cultura ibérica se desarrolló desde el año 500 hasta el 133 antes de Cristo. Otro ejemplo fue la ciudad celtíbera de Numancia, que tuvo “calles rectas y simétricas, aceras y piedras para pasar de un lado a otro de las calles”.

Como ejemplo de que las calles de Madrid, la capital española, no estaban pavimentadas en el siglo XVIII, Pinkerton presenta como prueba una pintura de ese siglo en la que carruajes de caballos levantaban el polvo de la tierra en el Paseo del Prado. Esto no ha de sorprendernos, pues el Paseo del Prado al estar en los límites del Madrid de aquel entonces era considerado un paseo campestre, un jardín urbano, de ahí su nombre, ‘Prado’. No lejos de su famosa Fuente de la Cibeles se halla la Puerta de Alcalá, también construida en el siglo XVIII para marcar los límites de Madrid, estando cerca también el Palacio del Buen Retiro, residencia real medio campestre de recreo del siglo XVII fuera del bullicio del viejo casco urbano madrileño y del antiguo Real Alcázar de Madrid. Y según el número XV de ‘La Ilustración Española y Americana’, de abril de 1888, la villa de Madrid en 1778 tenía “sus calles empedradas”, poseía “alumbrado público”, un “cuerpo de serenos” para proporcionar seguridad por las calles de Madrid durante la noche, “grande y espacioso paseo [del Prado] con fuentes monumentales y frondoso arbolado”, etc. Y no nos olvidemos de Ciudad de México, la capital del Virreinato de Nueva España, que en el siglo XVIII era tan magnífica que viajeros franceses la elogiaron como mejor que París, resaltando si bien recuerdo entre otras cosas su limpieza.

¿El presidente John F. Kennedy reaccionario durante la Crisis de los misiles de Cuba?

Los prejuicios antiespañoles de la Leyenda Negra se aprecian en el argumento del artículo de ‘The American Conservative’ que las sociedades burguesas de los Países Bajos, católicas y protestantes, experimentaron un progreso político, económico y social que las elevó por encima –dice él– “de los gobernantes feudales y reaccionarios de España”, ignorando que los burgueses católicos de los Países Bajos españoles en los siglos XVI y XVII prosperaron bajo la protección y gobierno de quien en la mayor parte de aquellos siglos (excepto por el periodo de 1598-1621) fue su señor temporal, el Rey de España. Y nada más alejado de la realidad histórica lo de “gobernantes feudales y reaccionarios”. Los Reyes Católicos establecieron las bases de uno de los primeros estados modernos de la Europa de su tiempo. Acabaron, por ejemplo, con la rebeldía y descontrol de la nobleza feudal española, llegándose por ejemplo a la demolición de castillos en Galicia para impedir que los usasen los nobles para rebelarse contra la Corona. Estos monarcas más bien transformaron a los nobles, que hasta ese entonces eran señores feudales, en miembros de una nobleza cortesana, presente en la Corte junto a los Reyes y dedicada al servicio del Estado. Los Reyes Católicos introducen con fuerza la idea del estado moderno caracterizado por la centralización administrativa para sostener el poder absoluto de la Corona, por la unidad política y religiosa, por el establecimiento de un ejército permanente reemplazando el basado en obligaciones feudales, etc. Bajo los reyes Carlos I y Felipe II se desarrolla el gobierno a base de consejos, como el Consejo de Castilla, el de Estado, el de Indias, basados en expertos que antecedían y quizás superaban en especialización a los ministerios posteriores. Y en cuanto a reaccionarios, la defensa de la fe católica por monarcas como Felipe II equivalía a la defensa del capitalismo y la democracia liberal por EE.UU. y presidentes como Ronald Reagan durante la Guerra Fría, pues el comunismo del siglo XX por su militancia y desafío del orden establecido occidental equivalía al protestantismo del siglo XVI. Si los reyes españoles de los siglos XVI y XVII fueron reaccionarios, entonces también lo fueron los presidentes Harry S. Truman, Dwight D. Eisenhower, John F. Kennedy y Ronald Reagan o antes Abraham Lincoln, al reaccionar este con la fuerza militar contra la independencia de los estados sureños de la Confederación.

Para probar su argumento de que los gobernantes españoles no invertían en el bienestar de su pueblo, Pinkerton dice entre otras cosas que Holanda en el siglo XIX tenía más de tres veces el índice de alfabetismo de España. A esto hay que decir que para 1900 Holanda tenía una población de unos 5.100.000 habitantes mientras que la población española ese año era de unos 18.600.000. El índice de alfabetismo de los holandeses en 1900 era de un 85%, mientras que en España lo era de cerca de un 44%. Ciertamente que las diferencias porcentuales son significativas, pero no hay que olvidar que a la pérdida de la mayor parte de su imperio americano con sus minas de plata y oro, hay que añadir en el siglo XIX la Guerra de Independencia española contra la Francia de Napoleón, la segunda invasión francesa de los Cien Mil Hijos de San Luis (130.000 soldados), tres guerras civiles carlistas, levantamientos y golpes de Estado militares, inestabilidad social y política con un cambio de monarquía a república y otro de vuelta a la monarquía, etc., mientras que Holanda experimentó un período de relativa estabilidad, paz y prosperidad durante el siglo XIX. Más aún, Holanda tiene un área y población mucho menores a los de España, teniendo Holanda una densidad poblacional mucho mayor, lo que facilitaría para 1900 la educación de su más pequeña población. España en cambio poseía para 1900 como posee actualmente una distribución poblacional muy irregular, además de sufrir de una densidad poblacional menor a la de la mayoría de los países de Europa Occidental, lo que habría dificultado en el siglo XIX la educación de la población. Con todo, el número total de alfabetizados en España fue en 1900 de unos 8.170.000, mientras que el de la población holandesa, más pequeña, era de más de 4.300.000.

Contando España con una población de 10.536.000 en 1797, según el historiador y economista Gabriel Tortella en su libro ‘El Desarrollo de la España Moderna’ (versión en inglés), su índice de alfabetismo entre 1750 y 1805 habría sido -incluyendo el 11,69% de semialfabetizados- de alrededor del 49,94% (aproximadamente unos 5.260.000 en 1797), habiendo un 50,04% de analfabetos citando cifras del trabajo de Jacques Soubeyroux titulado ‘Niveles de alfabetización en la España del siglo XVIII’. En comparación, para fines del siglo XVIII la población de Inglaterra era de unos 9 millones, teniendo un índice de alfabetismo del 63% (unos 5.670.000). En contraste, Francia, con una población más de tres veces mayor que la de Inglaterra, tenía para fines del siglo XVIII un índice de alfabetismo de alrededor de un 37% (más o menos unos 10.360.000 si su población total era de 28 millones).

La masacre de Wounded Knee (‘rodilla herida’) de diciembre de 1890 cometida por el U.S. Army contra los indios Sioux. 20 soldados recibieron la Medalla de Honor del Congreso:

Pinkerton alega que los casi 800 años de guerra de la Reconquista cristiana en España contra los musulmanes dejó una “mancha roja sangrienta” en la “cultura española”, creando en esta un “virus” de aventuras militares que infectó a los españoles, contrastando ello, según este autor, con los “solo” 130 años de guerras de religión en Europa, las que realmente duraron 166 años desde 1524 hasta al menos la batalla del Boyne de 1690 en Irlanda, incluyendo la guerra polaco-sueca de 1655-1660 entre la luterana e invasora Suecia y las católicas Polonia y Lituania. Realmente toda Europa y no solo España ha estado en guerra desde los buenos tiempos del Imperio Romano cuando imperaba la Pax Romana. No olvidemos por ejemplo: las guerras de los francos de Carlomagno en los siglos VIII y IX contra los paganos sajones, contra los vikingos, contra los ávaros (turcos descendientes de los hunos de Atila) en la actual Hungría, contra los navarros de Pamplona y los moros españoles de Zaragoza antes de establecer la Marca Hispánica; los ataques vikingos por toda Europa Occidental desde fines del siglo VIII hasta el siglo XI; los ataques de los húngaros a caballo por la misma extensión geográfica durante la primera mitad del siglo X; las Cruzadas (unas nueve en total) protagonizadas mayormente por franceses (francos), flamencos, alemanes, ingleses e italianos en el Levante entre los años 1095 a 1291; las numerosas guerras feudales en Europa en las que señores feudales asediaban el castillo del contrario y la Guerra Anglo-Francesa de 1202 a 1214 entre el Rey de Inglaterra Juan Sin Tierra y el rey de Francia Felipe II Augusto; las guerras de conquista del siglo XIII de los Caballeros Teutones alemanes contra los pueblos bálticos y contra los rusos, habiendo estos últimos derrotado bajo el mando del príncipe Alexander Nevsky de Novgorod la invasión de los Caballeros Livonios de la Orden de los Caballeros Teutones en 1242; la Guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra desde 1337 hasta 1453 con sus sangrientas batallas de Crécy, Poitiers y Angicourt, que se extendió a la guerra civil de Castilla (entre el rey Pedro I el Cruel y su medio hermano y futuro rey Enrique II Trastamara) y que además incluyó la guerra civil francesa entre el partido de los Armagnac y los del duque de Borgoña; las guerras de los condotieros mercenarios de los siglos XIV y XV en Italia; la Guerra de las Rosas, la guerra civil inglesa tras la Guerra de los Cien Años; las guerras entre el duque Carlos de Borgoña y la Confederación Suiza también de la segunda mitad del siglo XV; las guerras de Italia de fines del siglo XV y del primer tercio del siglo XVI; las guerras de religión ya mencionadas y ya en el siglo XVII la Guerra de los Veinticuatro Años (o Guerra Franco-Española de 1635-1659) iniciada por Francia contra España, la Guerra Civil Inglesa, las tres guerras navales angloholandesas, las guerras contra la Francia de Luis XIV; la Guerra de Sucesión de España a comienzos del siglo XVIII y en este siglo la Gran Guerra del Norte entre Rusia y Suecia, la Guerra de Sucesión de Polonia, la Guerra del Asiento (o de la Oreja de Jenkins) iniciada por Gran Bretaña contra España, la Guerra de Sucesión de Austria, la Guerra de los Siete Años, la Guerra de la Revolución Americana, las guerras de la Revolución Francesa y Napoleón de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, etc., etc., etc… Europa ha estado en guerras constantes, culminando en las dos guerras mundiales y las guerras de la ex Yugoslavia del siglo XX, así que no se puede decir que España ha sido la única en hacer la guerra o el país que lo ha hecho con más frecuencia en Europa.

Escena de la película ‘Hidalgo’. En la matanza de Wounded Knee el U.S. Army masacró a 90 hombres y a 200 mujeres y niños indios Sioux, muriendo después otros 7 por sus heridas:

Añade Pinkerton que, debido a su belicismo, “muchas generaciones de hombres jóvenes querían ser el próximo Cid” en España y que una vez que la reconquista se acabó en la Península Ibérica “los españoles todavía sentían la necesidad de combatir musulmanes en otra parte; España nuevamente trató de probar la suerte en la invasión del Norte de África”. La respuesta a esto es que Portugal, y sobre todo España, llevaron a cabo campañas militares y navales en el Norte de África como guerras preventivas contra los piratas berberiscos que operaban desde las costas de Berbería, o sea, Marruecos, Argelia, Túnez y Libia contra el tráfico mercantil marítimo cristiano del Mediterráneo Occidental. Además, los piratas berberiscos atacaban con frecuencia también las costas cristianas peninsulares del sur de España y del Mediterráneo, las costas del sur de Portugal, las Islas Baleares y las costas de Italia, incluyendo las de Sicilia, del Reino de Nápoles, de Cerdeña, Córcega, Génova, Toscana, el Lacio y Malta, llevándose a veces los piratas moros poblaciones enteras de la costa como esclavos, hombres, mujeres y niños. Se estima que de los siglos XVI al XIX, de 800.000 a 1,25 millones de europeos, la mayor parte de España, Italia y Portugal fueron capturados como esclavos por piratas berberiscos y turcos operando desde Berbería. España llevó a cabo campañas de conquista de puertos del Norte de África para negárselos a los moros como bases desde las que lanzar sus incursiones de piratería. Además, ya en el siglo XVI Libia, Túnez y la ciudad de Argel eran parte del Imperio Otomano, la gran amenaza de la Cristiandad Occidental, y sus puertos servían de base para llevar a cabo ataques navales y anfibios turcos y, potencialmente, para una nueva invasión turca en el Mediterráneo Occidental. El famoso escritor español Miguel de Cervantes, autor de ‘Don Quijote de la Mancha’, fue capturado en el mar por piratas argelinos cerca de las costas catalanas, permaneciendo como esclavo en Argel durante cinco años. Las expediciones portuguesas y españolas en el Norte de África estaban motivadas también por la lucha de estas potencias cristianas contra el Islam, ya que la región norteafricana había sido cristiana (y también parte de Occidente por haber sido parte del Imperio Romano) antes de la invasión árabe de la región de Berbería, iniciada en el año 647. Portugal incluso tuvo motivos económicos para conquistar la ciudad marroquí de Tánger en 1471 después de tres tentativas, una conquista que le negó a los moros el puerto por el cual vendían el oro del África Occidental (proveniente de Ghana y de Timbuktú en Malí) a los estados italianos.

¿Sería acaso que cuando el Presidente de los EE.UU. Thomas Jefferson envió buques de guerra de la incipiente Armada de EE.UU. a la costa de Berbería como parte de la llamada Primera Guerra de Berbería de 1801 a 1805 y en la que es famoso el ataque naval americano contra la ciudad libia de Trípoli de 1804, que este ‘padre fundador’ de los EE.UU. pensó en querer ser como el Cid? O sería más bien el hecho de que EE.UU. tenía que pagar tributo a los estados de Berbería para evitar que sus barcos mercantes fuesen atacados por los piratas berberiscos y que, sometidos sus intereses a vejaciones, agresiones y la exigencia de mayor tributo a pagar, llevó a los EE.UU. a atacar Trípoli? Los mismos motivos que llevaron a España a combatir contra los piratas berberiscos tanto en la mar como en el Norte de África en los siglos XVI, XVII y XVIII se reflejan en la respuesta que el embajador libio de la ciudad de Trípoli, en palabras de los plenipotenciarios americanos, le dio en Londres a Thomas Jefferson y John Adams en 1785 cuando los negociadores estadounidenses le preguntaron por qué Trípoli amenazaba con hacerle la guerra a naciones que no le habían agredido, como los EE.UU.: “Estaba escrito en su Corán, que todas las naciones que no han reconocido al Profeta [Mahoma] eran pecadores, contra quienes era el derecho y deber de los creyentes [musulmanes] de saquear y esclavizar; y que cada musulmán que haya sido muerto en esta guerra estaba asegurado de ir al paraíso”.

Los gobernantes de EE.UU. han alegado que invadieron Afganistán en 2001 para impedir que este país bajo control talibán siguiese siendo usado como santuario de bases de terroristas islamistas desde las que pudieran planear y atacar de nuevo a los EE.UU., después de los atentados de Al-Qaeda del 11 de septiembre de aquel año. Igualmente, España atacó y conquistó ciudades de la costa de Berbería para impedir que fuesen nidos de piratas y mercados de esclavos cristianos, puertos desde donde estrangulaban el tráfico marítimo europeo mediterráneo y devastaban y despoblaban las costas españolas e italianas.

Finalmente, antes de hablar de las tendencias sanguinarias y belicistas de los españoles del siglo XVI -tendencias que son producto de una visión prejuiciada antiespañola anglosajona en vista de las guerras que todos los europeos en general, y los ingleses en particular, practicaban (estos últimos contra Escocia, los irlandeses, Francia, España y después Holanda)– hablemos desde una perspectiva histórica y sociológica de la experiencia de la violencia en los EE.UU.

El uso de la violencia se puede caracterizar en los EE.UU. por cuatro elementos: 1)Tendencia social a usar la violencia para resolver disputas. Esto se puede apreciar desde el recurso de los puñetazos para responder a desacuerdos en un entorno social como resolver a tiros de arma de fuego disputas personales, como se vio en el Lejano Oeste norteamericano o las disputas de clan entre los Hatfield y los McCoy en el siglo XIX. El uso frecuente de demandas judiciales en la sociedad americana ha sido ya desde el siglo XVII durante el periodo colonial inglés un medio para reemplazar con medios legales el recurso de la violencia para resolver disputas, pero la tendencia a la violencia suele resurgir hoy en día de vez en cuando; 2) La cultura de las armas de fuego en la sociedad estadounidense, nacida originalmente de los colonos fronterizos ingleses y después estadounidenses como medio de sustento a través de la caza para obtener alimentos o pieles para vender, como medio de defensa contra las fieras, los indios hostiles, los forajidos o los enemigos de potencias extranjeras en caso de guerra; 3) La cultura de la muerte que promueve la violencia en películas de Hollywood, programas de televisión y juegos de video y que, probablemente, satisfacen el gusto de muchos norteamericanos por la violencia. Dicho gusto se pudo ver en las masacres y genocidio de indios en Norteamérica desde los siglos XVII hasta fines del XIX y de filipinos desde 1899 hasta 1913 tras la conquista por los EE.UU. de las Islas Filipinas a España en 1898; en los linchamientos de estadounidenses negros en el Sur de los EE.UU., ocurriendo éstas bárbaras prácticas a veces como picnics y eventos sociales; en el ametrallamiento por parte de pilotos de caza estadounidenses de civiles alemanes al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando habían recibido órdenes de ametrallar todo lo que se moviese, ametrallando incluso a mujeres y niños; en celebrar las ejecuciones públicas de reos; en la práctica de los abortos legales, que fueron ya más de 55.613.000 desde 1973 a 2012 en los EE.UU.; y en el gusto de disparar a todo lo que se mueva por el hecho de matar, fueran raras iguanas de las Islas Galápagos tiroteadas por soldados americanos basados en la Isla Baltra durante la Segunda Guerra Mundial -poniendo a estos reptiles en vías de extinción-, bisontes americanos o búfalos, a los que desde los trenes en el siglo XIX disparaban los pasajeros por el placer de matar, llegando a haber hasta 30 millones de búfalos de los que millones fueron también muertos por motivos económicos, quedando al final sólo 541. Está también el gusto en los casos más extremos de masacrar personas con armas de fuego por parte de individuos inadaptados, como la matanza de diciembre de 2012 de 20 niños y 6 adultos en la escuela de Newtown, Connecticut por el antisocial Adam Lanza o la masacre de 29 civiles palestinos en Hebrón con 125 heridos cometida por el médico estadounidense Baruch Goldstein en 1994.

La cultura de la muerte de EE.UU. se percibe también en el gusto morboso de los soldados americanos de mutilar a sus víctimas, siendo ejemplos de esto la masacre de indios de Sand Creek de 1864 por el U.S. Army, cuando los soldados americanos le cortaron el cuero cabelludo no sólo a los indios varones muertos sino también a mujeres, niños y bebés, adornando sus armas de fuego, sus sombreros y su equipo no solo con los cueros cabelludos de sus víctimas sino también con fetos extraídos del vientre de las madres y con órganos genitales y sexuales de hombres y mujeres, mostrando en triunfo estos trofeos en Denver, Colorado en un teatro y varios bares; la masacre por soldados del U.S. Army en Mai Lai, Vietnám del Sur de 1968, donde mujeres vietnamesas antes de ser asesinadas fueron violadas por grupos de soldados y en donde los cuerpos de víctimas habían sido mutilados al ser marcados sobre sus pechos con bayonetas la letra ‘C’ de la Compañía C a la que pertenecían las tropas americanas que cometieron la matanza; o los asesinatos en 2010 de civiles inocentes del Distrito de Maywand en Afganistán por cinco soldados del U.S. Army, en los que estos coleccionaron partes mutiladas de sus víctimas como trofeos, incluyendo parte de un cráneo, una cabeza y dedos de la mano. Estos crímenes cometidos por soldados parecen indicar que hay americanos corrientes que nunca cometerían estos crímenes en la sociedad estadounidense por temor a la ley, pero que se desahogan haciéndolo en otras tierras donde esperarían actuar con impunidad y sin temor de la justicia. Así pues, ¿quién tiene realmente en Occidente una “mancha roja sangrienta” en su cultura?

https://actualidad.rt.com/opinion/dr_lajos_szaszdi/view/87891-comparando-espana-imperial-eeuu-historia-historias-parte-iii III

https://actualidad.rt.com/opinion/dr_lajos_szaszdi/view/88814-comparando-espana-imperial-eeuu-historia-blog IV

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