España imperial vs EEUU, comparacion historica I.

Comparando la España imperial con EE.UU.: Una historia de dos Historias (Parte I) [1]

Este artículo se ha escrito en respuesta al escrito en inglés publicado recientemente por el Señor James P. Pinkerton titulado ‘Yesterday’s Spain, Today’s America’ (‘La España de ayer, la América [EE.UU.] de hoy’), que se publicó en la revista ‘The American Conservative’ (‘El conservador americano’), publicación de ideas ligadas al conservadurismo estadounidense, culturalmente anglosajón. Pinkerton es un autor y analista político que trabajó en el plantel de la Casa Blanca estadounidense bajo las presidencias de Ronald Reagan y George H.W. Bush. Su artículo, esencialmente, describe negativamente la España del periodo en que fue una potencia colonial de extensión global (siglo XVI hasta el siglo XIX), utilizando sus conclusiones negativas de España como un ejemplo a no seguir por los EE.UU., para que no repitan los alegados errores de los españoles.

Pinkerton al comienzo de su artículo menciona que llegó a sus conclusiones sobre la experiencia negativa y los presuntos errores de la España imperial tras visitar recientemente España como turista. Cabe decir que está muy bien que Pinkerton haya visitado España en calidad de turista, animándole a que lo haga más veces. Hay que decir también que Pinkerton, aunque como turista y analista político sea un observador bienintencionado, no es un historiador de la España del periodo de su imperio colonial que él describe, a la vez que tiene serias lagunas en cuanto a conocimiento histórico se refiere. Parece además sostener posturas y conclusiones históricas influenciadas y afectadas por prejuicios e ideas preconcebidas en contra de la España de los siglos XV al XVIII, que podrían estar influenciadas por la Leyenda Negra, propaganda hostil a España creada por sus enemigos durante los siglos que duró su poderío en Europa y el Nuevo Mundo. Estas ideas preconcebidas y prejuicios no son raros ni atípicos, pues los argumentos de la propaganda de la Leyenda Negra están bien extendidos en el mundo occidental, tanto en sectores académicos como de la opinión pública en general, particularmente en el mundo anglosajón, habiendo dicha propaganda antiespañola incluso echado profundas raíces en el mundo hispánico. Antes que nada, se debe de aclarar que pretender hablar de historia con autoridad sin dominar esta disciplina de las Humanidades es como intentar hablar con autoridad de física, matemáticas, química, las diversas ramas de la medicina, filosofía, teología o economía sin tener estudios serios y un conocimiento profundo de las mismas.

Intervenciones militares de EE.UU. en México, Centroamérica y el Caribe en el siglo XX:

La primera lección que el autor del artículo mencionado da como una de aquellas ‘lecciones sobre lo que los países no han de hacer’, después de haber visitado España, es que los estados no se lancen a aventuras militares en vista de los peligros que eso implica, como la pérdida de vidas y el ‘perder aún más’ si se pierde la guerra. Sobre este punto, las guerras en que España se vio envuelta eran por lo general para defender los dominios europeos y americanos heredados por el monarca español. Esta apreciación, claro, excluye las guerras de conquista por parte de los Conquistadores en América y las Filipinas, conquistas que fueron un gran negocio para España.

Un ejemplo de estas guerras defensivas o para defender el orden establecido es la famosa Guerra de los Ochenta Años, desde 1568 hasta 1648, la contienda de España contra Holanda o las Siete Provincias Unidas, que se inició como una revuelta de parte de los Países Bajos (actuales Holanda y Bélgica) contra la autoridad del Rey de España en la segunda mitad del siglo XVI, Felipe II, que a la sazón era también señor temporal y soberano de aquellos países por su herencia como Duque de Borgoña. La revuelta se debió esencialmente a motivos religiosos, cuando miembros de la nobleza flamenca y protestantes calvinistas de los Países Bajos desafiaron las medidas de Felipe II, su señor, que tenían como objetivo impedir la expansión del protestantismo en sus dominios y defender la supremacía de la Iglesia Católica entre sus súbditos.

Los dominios europeos de Felipe II:

Ante los ataques de las turbas protestantes a las iglesias, donde destruyeron numerosas obras de arte religioso, y ante la consiguiente anarquía reinante y la rebeldía existente contra la autoridad de Felipe II, éste mandó un ejército español para poner orden en los Países Bajos y restablecer su autoridad como señor temporal de estos. Esto no se pudo lograr por completo, y las siete provincias del norte de los Países Bajos se declararon independientes, y a la vez que los ejércitos españoles -que incluían tropas valonas (que hablaban francés y provenían del sur de los Países Bajos) y flamencas (que hablaban el flamenco, la lengua germánica de los Países Bajos relacionada con el alemán)- intentaban someter a la obediencia del Rey a los que éste consideraba rebeldes, los protestantes holandeses, éstos intentaban conquistar las provincias católicas del sur de los Países Bajos (más o menos la actual Bélgica) a los ejércitos españoles para anexarlas a lo que hoy es Holanda.

Por cierto, si Bélgica existe como país y como país católico es en gran medida gracias a la defensa de sus provincias (los condados de Flandes, Hainaut y Namur, el obispado de Lieja o el ducado de Brabante, por ejemplo) como parte de los Países Bajos españoles por los ejércitos del Rey de España contra los intentos durante los siglos XVI y XVII por Francia y las Siete Provincias Unidas (Holanda) de conquistarlas y anexarlas.

En este sentido, los intentos -fallidos- de Felipe II y de sus sucesores de reconquistar las Siete Provincias Unidas (los holandeses) no fueron distintos al intento -exitoso- del presidente Abraham Lincoln y de los Estados Unidos de América norteños de reconquistar a los Estados Confederados de América sureños, declarados independientes, en la guerra civil americana de 1861-1865.

Así, el Rey de España defendió con sus ejércitos y armadas sus dominios hereditarios ante las ambiciones de conquista y anexión de Francia en España (Cataluña y la provincia vasca de Guipúzcoa, quedándose Francia al final con el condado catalán de Rosellón y parte del condado catalán de la Cerdaña), en Italia (por ejemplo, el Ducado de Milán, el Reino de Nápoles y el Reino de Sicilia), en los Países Bajos españoles (por ejemplo, los condados de Artois, Flandes, Hainaut y Namur y el Ducado de Luxemburgo, habiendo logrado al final Francia conquistar y anexarse todo el Condado de Artois y parte del Condado de Flandes, por ejemplo, incluyendo el famoso puerto flamenco de Dunquerque), en el Franco-Condado (conocido también como el Condado de Borgoña, que al final Francia conquistó y anexó) o en la mitad oeste de La Española en el Caribe (inicialmente invadida por bucaneros y piratas y en donde Francia sentó las bases de lo que después sería la República de Haití).

Y no hay que olvidarse de los intentos ingleses -otros célebres enemigos de España- de conquistar Puerto Rico, Cuba, Santo Domingo en La Española, Cartagena de Indias, la Florida, Buenos Aires, las Filipinas, logrando conquistar la Isla de Jamaica (llamada Santiago) y la Isla Trinidad y meterse en las Islas Bahamas, en Belice, la Guayana inglesa y en las Antillas Menores, donde también ocuparon islas -además de territorios en la Guayana- Francia y Holanda, los también proverbiales enemigos de España.

España también participó en las guerras de religión de Alemania y Francia entre los siglos XVI y XVII al ser defensora de la Fe Católica ante el Protestantismo en Europa. En esto España defendía en aquellos siglos el orden establecido en Europa Occidental y Central, orden representado por la Iglesia Católica cuya primacía religiosa estaba siendo desafiada e incluso amenazada con su destrucción por la expansión del Protestantismo.

Pero esto no ha sido un caso aislado. Dicha defensa del orden establecido se volvió a vivir a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX durante las guerras de la Revolución Francesa y de Napoleón, cuando las monarquías absolutistas europeas y la parlamentaria británica se enfrentaron a la expansión de las ideas liberales y revolucionarias venidas de Francia y que ésta utilizaba para justificar su expansión imperial al imponerlas por la fuerza y la invasión. Así, por ejemplo, España y Portugal lucharon con el apoyo de Gran Bretaña contra los ejércitos invasores de la Francia de Napoleón, quien intentaba anexar estos países a su imperio a través, en el caso de España, de un rey usurpador y satélite, su propio hermano José Bonaparte. Y la Guerra de Independencia española contra Napoleón duró desde 1808 hasta 1812. Similarmente, no olvidemos también la defensa por parte de EE.UU. durante la Guerra Fría del capitalismo y las democracias liberales en Europa (como también de dictaduras en América y Asia) ante el comunismo, o la guerra que Washington actualmente mantiene a nivel global, según dice en defensa de la libertad y la democracia y sin señales de terminar, contra grupos terroristas y guerrilleros islamistas.

En color blanco aparecen los territorios que EE.UU. le quitó a México en la guerra de 1846-1848

Volviendo al punto mencionado anteriormente por Pinkerton sobre los peligros de que un estado caiga en la práctica de realizar aventuras militares, basta mirar la experiencia histórica de los EE.UU. en este sentido. Así, Washington se ha caracterizado desde el siglo XIX por llevar a cabo aventuras militares con el fin de expandir sus territorios, de mantener los que ha tenido o para expandir su influencia.

Ejemplo de una aventura militar cuyo fin fue la conquista de territorio a costa de otro país ha sido la guerra contra México de 1846-1848 (llamada la ‘Guerra del Sr. Polk’ despectivamente por los enemigos políticos del presidente estadounidense, el Demócrata James Polk, que inició dicha guerra de conquista) en la que EE.UU. le quitó a este país los territorios que fueron constituidos en los estados estadounidenses de California, Nuevo México, Arizona, Nevada y Utah, y territorios que ahora forman parte de Texas, Colorado, Kansas, Wyoming y Oklahoma. Otra aventura militar de EE.UU. fue la Guerra Hispano-Americana de 1898 bajo la presidencia del Republicano William McKinley, cuando EE.UU. -que buscaba la guerra- se anexó con su victoria sobre una España militar y navalmente débil a Puerto Rico, las Islas Filipinas y la Isla de Guam e hizo de Cuba un estado que no fue ni soberano ni verdaderamente independiente sino más bien un satélite suyo, lo que continuó siendo hasta 1959.

Pero las aventuras militares allí no se acababan. El presidente Lincoln llevó a cabo la más sangrienta aventura militar de la historia de los EE.UU., cuando invadió en 1861 a los Estados Confederados de América, los estados sureños de los EE.UU. que se habían declarado independientes. Dicha aventura militar se conoce como la guerra civil americana, y aunque Lincoln logró su principal propósito, que fue mantener la unidad territorial de los EE.UU., el hacerlo por la fuerza le costó al país la destrucción de la economía e infraestructura de los estados del Sur y le causó la muerte a hasta 750.000 personas, tres cuartos de millón, la inmensa mayoría soldados yanquis y confederados.

Pero no hay que olvidar la aventura militar que fue la entrada de los EE.UU. en la Primera Guerra Mundial (1914-1918), entrada impulsada por el presidente anglófilo Woodrow Wilson, quien padecía de megalomanía según el neurólogo y padre del psicoanálisis Sigmund Freud. EE.UU. entró en la Gran Guerra en 1917, dándole la victoria a los aliados de la Entente, en 1918 protagonizados por Francia y Gran Bretaña, pero las condiciones impuestas a los vencidos Alemania y Austria-Hungría fueron tan severas que en los tratados de paz se sembraron las semillas de la Segunda Guerra Mundial, creándose en Europa Central situaciones de ruina económica y vacíos de poder que después fueron llenados por los sistemas totalitarios del nacionalsocialismo y el comunismo, pero, eso sí, todo a cambio de la creación de la eventualmente inútil Sociedad de Naciones, que fue un proyecto wilsoniano.

Pero la historia no se acaba allí. Los gobiernos de EE.UU. emprendieron aventuras militares en México, Centroamérica y el Caribe, mayoritariamente contra países hispanoamericanos, interviniendo militarmente en numerosas ocasiones durante el siglo XX. Está también la aventura militar de la guerra en las Filipinas entre los patriotas independentistas filipinos y el Ejército de EE.UU. tras la Guerra Hispano-Americana de 1898, guerra genocida que empezó en 1899 y en la que los soldados americanos mataron a 400.000 insurrectos y asesinaron en la represión de uno a 3 millones de civiles inocentes, hombres, mujeres y niños, guerra que se puede considerar la guerra colonial más sangrienta de la historia. Tan sólo en la Isla de Luzón, según un general americano, las tropas estadounidenses exterminaron a una sexta parte de la población ó 600.000 personas, exterminándose al parecer a la mayor parte de los hispanoparlantes, lo que habría contribuido a que prácticamente desapareciese el español como lengua de las Filipinas.

Y están las aventuras militares más recientes que son las invasiones de Afganistán en 2001 y de Irak en 2003, costándole la guerra contra la insurgencia y la ocupación militar a los EE.UU. más de 1’4 billones (trillion en inglés) de dólares  cifra ligeramente mayor a los aprobados y planeados recortes de defensa del Pentágono. ¿Aventuras militares?  Ciertamente, pero antes de mirar a España, en Washington deben de verse en el espejo.

Comparando la España imperial con EE.UU.: Una historia de dos Historias (Parte II) [2]

En su artículo titulado ‘Yesterday’s Spain, Today’s America’ (‘La España de ayer, la América [EE.UU.] de hoy’)  el Sr. James P. Pinkerton, autor y analista político que trabajó en el plantel de la Casa Blanca estadounidense bajo las presidencias de Ronald Reagan y George H.W. Bush, pone a la España del periodo en que fue una potencia con dominios ultramarinos (siglos XVI al XIX) como un mal ejemplo a no seguir por EE.UU., exponiendo aquellos aspectos que, según él, han sido prueba de la debilidad y decadencia de los españoles que los estadounidenses no deben repetir.

Así, Pinkerton expone como una segunda lección para EE.UU. lo que él llama “los peligros del financialismo”, palabra que él define como dar precedencia a las manipulaciones monetarias y a la moneda del Estado sobre la “innovación y productividad” del país. Añade el autor estadounidense que aunque poseía grandes cantidades de oro y plata por sus posesiones americanas, España es un ejemplo de que poseer “riqueza nacional no es lo mismo que [gozar de] bienestar nacional”.

Peso fuerte de plata español con la efigie del Rey Carlos IV como los usados como dólares de plata de EE.UU.:

Sobre el punto de que España en su pasado imperial puso su moneda o sistema monetario o manipulaciones monetarias por encima de la productividad económica del país y de la innovación, que podemos interpretar aquí como técnica, cabe decir que este argumento no puede estar más alejado de la realidad histórica. Primeramente, las grandes cantidades de oro y plata extraídas de las minas que fluían de la América española a España y por ello a Europa constituyeron una fuente de capital –sí, el oro y la plata son fuente de capital, aunque los seguidores de Adam Smith no lo vean así– basado en el poder adquisitivo de los metales preciosos que benefició a Europa y proporcionó, debido a su gran acumulación en la banca europea ya para fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, la financiación necesaria –el capital– para hacer posible la Revolución Industrial. Esto se debe a que antes del Descubrimiento de América por Cristóbal Colón, no había mucho oro ni plata en Europa para el siglo XV.

En aquel entonces la mitad del oro que producía Europa venía de las minas del Reino de Hungría en Transilvania y en los Montes Cárpatos en la Alta Hungría (la actual Eslovaquia). Hungría producía alrededor del 90% del oro europeo. La otra mitad del oro consumido en Europa venía del África Occidental, de sitios como Ghana y Mali, siendo exportado a los italianos desde puertos en Marruecos. La plata europea antes del Descubrimiento de América venía en su mayor parte del Sacro Imperio Romano Germánico, de las regiones alemanas de Sajonia y Turingia y del Reino de Bohemia (actual República Checa). Había así una carestía de metales preciosos en Europa, pero la afluencia de oro y plata americana a través de España cambió todo, oro y plata que no se quedaba en la Península Ibérica al usarse para pagar las guerras del rey de España en el continente europeo o para pagar por las importaciones de manufacturas, exportadas a España por italianos, franceses, flamencos y holandeses, ingleses o alemanes. En última instancia, ese oro y plata que España traía a Europa terminó beneficiando a otros países que los acumulaban, pero constituyó la base del capital que como mencioné, financió la Revolución Industrial, lo cual benefició económica y tecnológicamente al mundo y por ende a la humanidad.
Pero no se le puede acusar a España de estar ella sola interesada en el oro y la plata. Desde los siglos XVI al XVIII todos querían en Europa oro y plata. Los ingleses bajo el reinado de Isabel I Tudor atacaban las posesiones y comercio marítimo español tanto en tiempo de paz como de guerra por la codicia no sólo de la soberana de Inglaterra, pero también de sus piratas/corsarios como Francis Drake, John Hawkins, Richard Hawkins, Cavendish o Walter Raleigh. Un objetivo estratégico de los holandeses durante su larga guerra con España era la captura del oro y la plata españolas, y los ingleses en el siglo XVIII buscaban conseguir plata española de las minas de Potosí en el Alto Perú, la actual Bolivia, a través del contrabando que se hacía en la ilegal colonia portuguesa de Sacramento en el Río de la Plata, en el actual Uruguay, donde a cambio de la plata española se vendían productos ingleses. Estos también tenían acceso al oro y los diamantes del Brasil, habiendo en la práctica Portugal entregado el transporte de sus mercancías que del Brasil iban a Europa a la marina mercante inglesa, convirtiéndose Lisboa no sólo en estrecha aliada de Londres, pero también en una especie de satélite comercial de la Gran Bretaña. Tras la independencia de México y Bolivia, sus Gobiernos dieron concesiones de explotación minera de plata a intereses mineros ingleses, lo que no había logrado conseguir Inglaterra en unos 230 años de guerras con España. Y no hay que olvidar que a comienzos del siglo XX, la Gran Bretaña, ya influenciada por el pensamiento del liberalismo económico y de la doctrina del ‘laissez faire’, capitalista e industrial, fue a la guerra contra las repúblicas sudafricanas de los bóer (los descendientes de colonos holandeses) de Orange y Transvaal para conquistar y quedarse con sus minas de oro y diamantes. Si España deseaba oro y plata, también lo querían todos los demás.
El Artificio de Juanelo, máquina hidráulica en Toledo, 1568:

España transformó e influenció el mercado de la plata mundial y una buena parte del sistema monetario europeo. La moneda de plata española se usaba en la China para fines del siglo XVI para comprar mercancías de este país como sedas y porcelanas, las cuales eran transportadas por el galeón de Manila al puerto de Acapulco de la Nueva España, y de allí eventualmente a Europa. Siguiendo la moneda española como patrón y referencia, el franco francés equivalía a 20 reales de vellón en la segunda mitad del siglo XIX. Igualmente, las monedas de varios estados alemanes, incluyendo el tálero, y de ciudades como Hamburgo y Bremen a fines del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX equivalían a reales de vellón (de cobre) o a reales de plata españoles, debiéndose esta equivalencia al comercio que directa o indirectamente tenían con España o sus posesiones americanas (las Islas Vírgenes danesas en el Caribe eran un punto de contrabando a través del cual se exportaban ilegalmente productos alemanes a las islas españolas del Caribe a cambio de plata española). Incluso el símbolo del dólar americano, $, procede de las iniciales escritas en las letras de cambio del término de “pesos fuertes” (la “s” por el plural de fuertes y el palo vertical por una abreviatura de la letra “f” –de peso fuerte- como la escribían en cursiva los notarios españoles) de plata –dato establecido por las investigaciones históricas en archivo del Dr. Ádám Szászdi-, equivaliendo un peso fuerte a ocho reales de plata a comienzos del siglo XIX. Más aún, los primeros dólares de plata estadounidenses eran pesos fuertes españoles acuñados con la efigie del Rey Carlos IV de Borbón en México. Este símbolo del $, inspirado por los españoles, ha servido probablemente para inspirar con sus rayas transversales los símbolos de la libra esterlina inglesa (£), del euro (€) o del yen japonés (¥).
El argumento de Pinkerton de que las políticas monetarias de la monarquía española se enfatizaban a costa de la productividad económica no se basa en la realidad histórica. Por ejemplo, en el siglo XVI, para cuando el envío anual de oro y plata de América era un hecho consumado, la ciudad de Sevilla, el puerto de comercio con el Nuevo Mundo, tenía en tiempos del soberano Carlos I de España y V de Alemania una industria de seda y tejidos con 16.000 telares empleando hasta 130.000 trabajadores, según Ciriaco Pérez-Bustamante en su ‘Compendio de Historia de España’. Sevilla también poseía en el siglo XVI industrias como platerías, cueros, cerámica y producción de jabones. La ciudad de Toledo, que fue capital en tiempos del Rey Carlos I, aparte de sus legendarias fábricas de aceros y espadas toledanas, tenía una floreciente industria de sedas, terciopelos y damascos, empleando a mediados del siglo XVI a 50.000 obreros de la seda y produciendo anualmente 450.000 libras de seda y unos 100.000 pares de medias de seda, según Gervasio de Artíñano y de Galdácano en su obra ‘La producción española en la edad moderna’. La ciudad de Segovia, famosa por su acueducto romano y alcázar real, poseía una gran producción de paños de lana, empleando a más de 34.000 trabajadores. Las Vascongadas eran un importante centro de producción de armas de fuego. Ciudades castellanas como Cuenca, Zamora, Salamanca, Ávila, Medina del Campo, eran importante centros de producción de lana y manufacturas ligadas a este sector, Barcelona era importante por su industria de vidrios, Granada por sus sedas y muebles, Valencia por sus sedas, está la fundamental industria de la construcción naval, esencial para mantener las comunicaciones entre España y sus dominios en América y el Océano Pacífico, etc.
El submarino Ictíneo II de 1864:

En cuanto a innovación, se equivoca el autor del artículo de ‘The American Conservative’ pues para la minería de metales preciosos se introdujo el método de la amalgamación en México en 1555 y en Potosí en 1571. Hubo también obras de ingeniería hidráulica para obras de minería y de suministro de agua, en este caso como el ingenio del italiano Juanelo Turriano para subir agua del río Tajo hasta unos 100 metros de altura para la ciudad de Toledo y el Alcázar Real, usando la fuerza del río para hacer funcionar la obra hidráulica. Llamado el Artificio de Juanelo, el ingenio hidráulico de tiempos del Rey Felipe II ya funcionaba en 1568 suministrando a Toledo 14.100 litros diarios. Están también los inventos del navarro Jerónimo de Ayanz y Beaumont, tema investigado por el Dr. Nicolás García Tapia y sobre el cual ha informado J.M. Travieso. Jerónimo de Ayanz, el 2 de agosto de 1602 y ante un público que incluía al Rey Felipe III de España, se sumergió en aguas del Río Pisuerga, en la ciudad de Valladolid, por más de una hora a tres metros de profundidad usando un tipo de escafandra de su invención conectada a la superficie con tubos alimentados con aire por medio de fuelles, saliendo después a la superficie como si nada. Jerónimo de Ayanz inventó un aparato que usaba la fuerza del vapor para sacar agua de la mina de plata de Guadalcanal en la provincia de Sevilla, y usó este ingenio de vapor para llevar nieve dentro de la mina y refrigerarla como un primitivo sistema de aire acondicionado. También inventó en 1606 una máquina de vapor que registró además de otros 47 inventos. Incluso, la máquina de vapor que inventó el inglés Thomas Savery y que éste patentó en 1698, al parecer se basó en los trabajos realizados por Jerónimo de Ayanz. Otros de los inventos del navarro registrados en 1606 incluían una bomba para sacar agua de los barcos, un primitivo submarino de madera en forma de barca con sistema para renovar el aire de su interior y un sistema para inmersión y ascensión a la superficie a base de contrapesos, bombas para el regadío de los cultivos, un horno para la destilación de agua de mar en los barcos para suministrar agua potable a las tripulaciones que hacían el recorrido entre América y España, etc.
Donde la producción y la innovación se combinaban fue en la construcción de galeones y navíos en los astilleros españoles de la costa del Pacífico americana en Panamá, El Realejo en Nicaragua, en Guayaquil en el Reino de Quito y en El Callao en el Perú. Se construían desde el siglo XVI y durante el siglo XVII no sólo navíos mercantes pero también galeones de guerra que dotaban la Armada de la Mar del Sur española, dedicada a proteger las costas americanas del Pacífico y su tráfico marítimo ante los ataques de los enemigos de España, especialmente los ingleses y holandeses. La innovación radicaba en los cascos de los galeones construidos en El Realejo o Guayaquil, por ejemplo, que eran en forma de “V” para poder navegar bien a la bolina, o sea, en contra del viento. No se sabe quién inventó este diseño que apareció en el siglo XVI, pero se sabe que los galeones y naves construidas en España, Inglaterra, Holanda y Francia tenían un diseño de casco clásico ancho, lo que los hacía más lentos con buen viento y no les permitía navegar a la bolina. La industria naval se completaba al ir dotados los galeones de guerra construidos en Guayaquil y en El Callao (con maderas guayaquileñas) con cañones de bronce fundidos en El Callao y hechos con cobre chileno y estaño del Alto Perú (boliviano), empleando pólvora fabricada en Latacunga en la actual sierra ecuatoriana, según las investigaciones de la Dra. Dora León Borja de Szászdi. España también desarrolló e introdujo como buque de guerra la fragata, usándose cinco fragatas en las operaciones de aviso, reconocimiento y defensa contra el ataque inglés de Francis Drake contra San Juan de Puerto Rico de 1595. Ya en el siglo XIX el español catalán Narciso Monturiol inventó el submarino Ictíneo I, que entre 1860 y 1861 realizó 69 inmersiones de prueba, siendo seguido dicho submarino en 1864 por el más grande Ictíneo II propulsado por vapor. En 1890 fue comisionado en la Armada Española el submarino Peral, inventado por el teniente Isaac Peral y que tenía un avanzado diseño hidrodinámico, propulsado por baterías eléctricas y dotado de un tubo lanzatorpedos y tres torpedos, etc.
El problema con la postura crítica hacia España de Pinkerton es que no expone los problemas de EE.UU. en cuanto a aplicar el concepto de “financialismo” que usa en su artículo. En vez de enfocarse en España, que usaba dinero contante y sonante hecho a base de monedas de oro y plata y reservas a base de lingotes de estos metales nobles, debería de ver las manipulaciones monetarias del Gobierno federal norteamericano y las especulaciones financieras de la bolsa de valores de Nueva York en Wall Street. Siguiendo el pensamiento económico liberal y más recientemente neoliberal, la bolsa de Wall Street y su mercado de valores han caído en crisis en que se han desplomado en 1873, en1929 dando lugar a la Gran Depresión o más recientemente en 2008, creando la ruina para miles de inversionistas y el desastre económico para millones de empleados y trabajadores. Y como el
Gobierno no debe de intervenir para impedir estos desastres, pues va en contra del liberalismo y neoliberalismo económicos, el peligro de más desplomes de la bolsa seguirá presente, ante las presiones especulativas que afectan a los mercados bursátiles de todo el mundo y por la política monetaria de manipulación del dólar seguida por Washington. Al menos desde la Presidencia de George W. Bush el Gobierno federal está imprimiendo de manera excesiva dólares como una forma no solo de tener dinero, sino sobre todo para abaratar las exportaciones estadounidenses y hacer más costosas las importaciones. Esta política la ha seguido y sigue el presidente Barack Obama con entusiasmo, creando una situación de guerra monetaria con otros países, que en respuesta a la impresión en masa de dólares han aumentado su impresión de papel moneda como el Reino Unido con la libra o devaluado su moneda de manera dramática como Venezuela. Así, se ha dicho que el dólar ha perdido más del 50% de su valor desde los años 80 del siglo pasado, corriendo el riesgo de un día valer tanto como el dinero de juguete del juego Monopoly.
Con todo, Washington sigue acumulando deuda, tanto privada como nacional, y su solución es vender bonos de la deuda a inversionistas nacionales y extranjeros, privados y estatales, pero este ‘arreglo’ es como una especie de ‘pirámide’ que funciona siempre que haya nuevos compradores de deuda americana cada año. La deuda en vez de terminarse un día se perpetúa para siempre. ¿Hasta cuándo durará esto? La China ha estado adquiriendo oro en grandes cantidades, aumentando sus reservas -¿quizás para reemplazar las grandes reservas en dólares que tiene, en caso de que estas pierdan un día su valor en una catástrofe financiera que podría arrastrar al resto del mundo?-. España no andaba en manipulaciones monetarias y especulaciones bursátiles con su oro y plata, dinero palpable. Lo mismo no se puede decir de la política monetaria de Washington bajando artificialmente el valor del dólar y creando guerras monetarias con otros países, de su creación de nueva deuda con los bonos que vende para seguir financiándose o de las especulaciones con dinero electrónico tanto en Wall Street como en los principales mercados bursátiles del mundo según la receta económica neoliberal.

Fuentes:
https://actualidad.rt.com/opinion/dr_lajos_szaszdi/view/86385-comparando-espana-imperial-eeuu-historia-historias-parte-i [1]
https://actualidad.rt.com/opinion/dr_lajos_szaszdi/view/87436-espana-imperial-eeuu-historia [2]
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